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sábado, 16 de abril de 2016

¿CANTARES DE MI TIERRA EN UN PAIS EXTRANJERO?

Conservo hermosos recuerdos del señor Amo. Un día le escuché decir con su típico acento español: -Solamente quien ha vivido en el extranjero sabe apreciar lo que representa el himno nacional de su país de origen. Es como
si un venezolano tuviera que irse de Venezuela y transcurrido el tiempo escuchase en el país donde le dieren cobijo los compases del Alma Llanera… incluso al más pintado se le aguarían los ojos.
El propio señor Amo vivió esa experiencia y lo marcó para siempre. Tuve la dicha de conocerlo cuando yo apenas tenía dieciocho y él pasaba la barrera de los cincuenta. Escucharlo contar viejas historias de la vida en España -episodios de la guerra civil incluidos- era una delicia. Nacido en la madre patria, llegó a Venezuela con poco más de veinte años. Atrás dejaría a su madre todavía joven a quien le costó reconocer bastante envejecida veinte años después cuando retornó de visita. Entonces no existía Internet, Skype ni televisión por cable y la comunicación a distancia tenía lugar mediante cartas, telegramas y en el mejor de lo casos llamadas internacionales que resultaban sumamente costosas.
En el año 586 a.C. tuvo lugar un suceso que marcaría la historia de Israel. La ciudad de Jerusalén fue arrasada y su majestuoso templo destruido por el fuego. Sus habitantes desterrados y llevados cautivos a Babilonia. Según los profetas, se trataba del castigo por los pecados de la nación que había dejado de servir a Yahvé. Lamentaciones de Jeremías expresa el dolor y el desconcierto en el día del juicio. Otros pasajes refieren los padecimientos de los desterrados y sus vicisitudes en el exilio. Consideremos por ejemplo del salmo 137:
          Junto a los ríos de Babilonia,
          nos sentamos y lloramos,
            al pensar en Jerusalén.
          (...)
          Pues nuestros captores nos
          exigían que cantáramos:
            los que nos atormentaban
          insistían en un himno de alegría:
          (...)
          ¿Pero cómo podemos entonar
          las canciones del Señor
            mientras estamos en una 
          tierra pagana?            
¿Cómo cantar los antiguos cánticos de Sion en otro lugar que no fuese la ciudad santa, perfección de hermosura, el gozo de toda la tierra? ¿Rendir culto a Dios en un país extraño y además de esto impuro e idólatra? ¿Presentar ofrendas en otro lugar que no fuese el escogido por Yahvé para poner allí su santo nombre?
Ya se había equivocado el rey de Asiria en su falso ofrecimiento de "una tierra como la vuestra, tierra de grano y de vino, tierra de pan y de viñas, tierra de olivas, de aceite y de miel". Como el rey Acab tratando de persuadir a Nabot: -te daré por ella otra viña mejor que esta... La respuesta siempre será la misma: "no hay tierra como mi tierra".
Que nuestras arpas permanecieran colgadas en las ramas dobladas de los sauces junto a los ríos de Babilonia antes que cantar para entretener a quienes nos habían arrebatado todo: ¡Que se seque mi mano antes de coger la lira! ¡que se pegue mi lengua al paladar antes que cantar el himno que me exigen los que me oprimen!
Jamás renunció la comunidad de los exiliados en Babilonia a su esperanza de volver a casa y hacer de Jerusalén la "más excelsa de todas las alegrías" contrario a la hambruna, el ultraje y la desesperación a que habían sido sometidos durante el estado de sitio previo a la ocupación y el destierro. Habrían de pasar setenta años para que bajo un nuevo orden mundial los israelitas fueran repatriados.
Del exilio Israel salió fortalecido. Se dice que este episodio tuvo consecuencias decisivas en la configuración de la religión y la identidad nacional judías. Durante esta época de tribulación y angustia se escribió buena parte de los libros que conforman el Antiguo Testamento. Se cree que la institución de la sinagoga como centro de culto y lugar de reunión para el estudio de las Escrituras surgió precisamente en Babilonia.
Aunque muchos optaron por quedarse, la mayoría conformada por judíos piadosos prefirió regresar. Tal vez el más grande ejemplo de supervivencia que nos presenta la Biblia lo tenemos en el profeta Daniel. Llevado cautivo probablemente en la primera deportación (606 a.C.) mantuvo su fe en Dios incluso a riesgo de su propia vida. Aunque asimiló buena parte de la cultura predominante, tuvo que aprender un nuevo idioma e incluso su nombre de origen hebreo fue cambiado por uno babilónico habiendo sido escogido para servir en palacio, con todo ello dice la Biblia que "Daniel propuso en su corazón no contaminarse" con los usos y costumbres que eran contrarios a sus convicciones. Él era uno cuyo corazón estaba en Jesusalén y así oraba en su cámara secreta cuyas ventanas miraban hacía la ciudad de Sion.
Daniel es un excelente ejemplo. En una época convulsionada, cuando muchos se ven obligados a emigrar ya sea por resguardar su vida o la de los suyos ante la tiranía de nabuconodosores modernos o tras la búsqueda de un mejor porvenir, por rehacer su vida como hizo el señor Amo, es sumamente importante tener siempre en cuenta quiénes somos, de dónde venimos y nunca olvidarnos de nuestra fe, de nuestra identidad y convicciones, sabiendo que donde estuviere nuestro tesoro allí estará nuestro corazón. Nunca perder la esperanza. Que una vez alcanzados nuestros objetivos, estos traigan consigo la "más excelsa de todas las alegrías".

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