Frente a las acusaciones en contra de la fe cristiana por el supuesto de haber favorecido el desastre ecológico del siglo XX, debemos empezar por reconocer que ciertamente el kerigma de la iglesia evangélica latinoamericana ha estado enfocado en función de la salvación del alma y pareciera interpretar que todo lo malo que acontece en la tierra son simplemente "señales de la venida del Señor".
Se trata de un discurso terrífico que nace de una teología escapista según la cual todo cuanto tenga que ver con el cuerpo humano es de naturaleza carnal y la vida de los "salvados" en la tierra es casi que un accidente en su viaje hacía la ciudad celestial. La tierra está destinada para ser destruida a causa del pecado.
No concuerda semejante discurso con la revelación bíblica. En primer lugar la
tierra pertenece al Creador: "De Jehová es la tierra y su plenitud, el
mundo y los que en él habitan" (Salmo 24:1). Los serafines en la visión
de Isaías: "toda la tierra [a pesar de la realidad del pecado] está
llena de la gloria de Dios" (Isaías 6:3). "Porque Dios es el rey de toda
la tierra" (Salmo 47:7). "Llena está la tierra de tus posesiones" (Salmo 104:24c, LBLA).
Plació a nuestro padre celestial, de quien viene toda buena dádiva y todo don perfecto, hacer de este planeta azul la casa de la única de sus criaturas que hizo a su imagen: "El cielo es el cielo de Yahvé, la tierra se la ha dado al hombre" (Salmo 115:16 BJ). Tenemos la responsabilidad de cultivar y guardar nuestra casa (Génesis 2:15). La palabra ecología viene precisamente del griego oikos-casa y logos-estudio, es decir; "estudio de la casa".
Jesús dijo: "Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad" (Mateo 5:4) confirmando lo que dice el Espíritu Santo en el Antiguo Testamento: "Pues de aquí a poco no existirá el malo; observarás su lugar, y no estará allí. Pero los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz" (Salmo 37:10-11).
La revelación bíblica trae consigo un mensaje de esperanza. Génesis inicia con la creación de los cielos y la tierra y Apocalipsis culmina con un cielo nuevo y una tierra nueva. En lugar de sentarnos debajo de nuestra enramada particular cual profeta Jonás para esperar y ver cómo se destruye la tierra, Jesús nos enseñó a orar para que su reino sea establecido en el mundo. Y habló de la necesidad de predicar el evangelio a todas las naciones anticipando su regreso.
Llama la atención que el apóstol Pablo en sus cartas a la iglesia en Tesalónica presenta el mensaje escatológico por excelencia, que hace referencia a la segunda venida del Señor y es leído en todos los funerales cristianos en el mundo entero y al mismo tiempo exhorta a los hermanos a llevar la vida tranquilamente, ocupándose sosegadamente de sus negocios, compartiendo entre ellos, soportándose unos a otros e incluso manda a trabajar a lo ociosos. ¡Y eso que él pensaba que el regreso del Señor estaba por ocurrir en aquellos días! (1 Tesalonicenses 4:13-18).
El plan salvífico de Dios involucra toda la creación: "Por medio de Cristo, Dios hizo que el universo volviera a estar en paz con él. Y esto lo hizo por medio de la muerte de su Hijo en la cruz" (Colosenses 1:19, Traducción Lenguaje Actual). Viene el día en que nuestros cuerpos -procedentes del barro- serán redimidos, incluso los muertos en Cristo resucitarán. Y tendremos un cuerpo nuevo, que será el mismo cuerpo, como ocurrió con Jesús, pero glorificado: "entonces conoceré como soy conocido" (1 Corintios 13:12). Del mismo modo la tierra será libertada de la corrupción -¡resucitará!- y compartirá la maravillosa libertad de los hijos de Dios (Romanos 8:21 TLA). Mientras llega ese día glorioso hacemos bien en contribuir con el cuidado de nuestro "oikos".

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